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martes, 21 de octubre de 2014

Mientras unos aúllan, otros CABALGAN. España se PODEMIZA.

Pablo Iglesias. Líder de PODEMOS.


Han probado de todo y con todo. Podemos sigue siendo la diana recurrente de la casposa y castosa partidocracia en España. Los ataques son continuos. Detrás de cada bala, siempre viene otro proyectil con la burras intención de hacer creer que es posible el contenido de esa mítica caricatura: “prohibido ver lo evidente”. Sin embargo, toda la munición empleada ha dejado de ser efectiva. Es demasiada obsoleta para contrarrestar a esta nueva formación política y social en movimiento y crecimiento, con aire fresco, que usa un renovado relato sorteando las trampas tradicionales de un poder constituido cada día más deconstituyente. Las andanadas contra Podemos son excesivamente arcaicas para que gocen de la eficacia deseada. ¿Por qué? Porque este instrumento político ha cambiado las reglas del juego dejando de jugar a ser el perdedor más valorado. Podemos no persigue el aplauso de una minoría ilustrada sino que busca ser el legítimo representante del nuevo sentido común de la mayoría social. La batalla cultural también exige de nuevas formas de seducción. No se trata de pedir carnets de quién es más de izquierdas ni de derechas; es cuestión de resignificar las metáforas que constituyen los nuevos imaginarios para alcanzar nuevas lealtades; es hora de elegir entre democracia y oligarquía, entre pueblo y casta.

Estos aciertos tácticos y estratégicos no significan que la travesía de Podemos en la política española haya sido color de rosas. Aunque dice el refrán que “lo que no mata, fortalece”. Y así ha sido después de superar cientos de miles de obstáculos. Los primeros disparos vinieron con la mayor de las soberbias pero con el el peor de los defectos anti democráticos: no ver aquello que la mayoría percibe. La miopía es propia del poder hegemónico cuando éste se aleja en exceso -hasta el desprecio- de la mayoría social que pretende hegemonizar. Al surgir el movimiento de los indignados, del 15M (del 2011), se repudió como si fuera un insignificante juego de niños trasnochados, y boboestigmatizándolo creyendo erróneamente que la población común –esa misma que ve la televisión- no sufría del mismo nivel de precariedad social que esos manifestantes espontáneos. Se apresuraron a titular que si “comunistas, anarquistas o antisistemas”. Pero no. No eran ni extraterrestres ni antisistemas. La equivocación garrafal de la prensa conservadora fue creer que podía construir una gran muralla para incomunicar al pueblo que se manifestaba de aquel otro pueblo que parecía estar callado. El remake de esa vieja táctica guerracivilera, de diferenciar entre buenos y malos, fue absolutamente infructuoso. Brutal error de medición política para el bipartidismo que lo sigue pagando caro porque demuestra desde hace años que perdió todo olfato popular. No hay línea divisoria posible entre unos y otros porque desde hace años el consenso viene rompiéndose; porque la descomposición política sigue en ascenso; porque el pacto por arriba ya no se soporta por abajo.

Pero la ametralladora no cesó ni un instante. A la indignación, se le dijo que se presentara a las elecciones pensando que esto jamás iba a suceder. Pero se llevaron sorpresa cuando Podemos decide nacer como instrumento político para presentarse a las elecciones europeas del 25 Mayo (2014). Frente a ello, lo primero fue el silencio, hasta el punto de invisibilizarlo en todas las encuestas. Pero luego, el 1.245.948 votos (5 eurodiputados) de Podemos hizo tanto ruido que las arremetidas tuvieron que cambiar de estrategia. Que si son etarras; que si son chavistas (como si esto fuera un insulto viniendo de aquellos que sí han logrado llevar a España a la ruina social y económica); que si son populistas (como si hablar como pueblo para el pueblo fuera un pecado); José María Aznar y Felipe González también se sumaron a la yihad anti podemista. Pero nada resulta ser eficaz como antídoto para frenar a lo que supone Podemos, porque no se trata de anular a sus líderes sino que lo complicado es acabar con la fuerza simbólica que ello constituye.



¿Y ahora, qué? Lo último viene del recurrente mito de lo imposible, esto es, cuando no se puede vencer el discurso del adversario, lo mejor, según una vieja estrategia del poder económico, es afirmar que es “lindo pero imposible”. El neoliberalismo fue consolidándose de manera irreversible gracias a su capacidad expropiadora que ha llegado a abarcar hasta la expropiación de las ganas y esperanzas de cambiar las cosas. Esa es la nueva batalla: Podemos contra los fieles del No Podemos. Por ahora, Podemos continua ganando terreno frente al eco dominante del desánimo. Lo visto en la Asamblea Sí se Puede este pasado fin de semana en Madrid muestra precisamente que hay mucha gente que sí cree que tienen capacidad para cambiar las cosas. Frente a ello, los ataques no descansan, y se reinventan. Ahora buscan desde afuera avivar la división interna en Podemos simplemente porque se observan opiniones diferentes, por ejemplo en la forma de organización. 

Tan mal acostumbrado nos tiene el bipartidismo que opinar diferente tiene hasta mala prensa. Sin embargo, Podemos vuelve a revitalizar un principio algo oxidado en la política española: la confrontación es esencial para mantener viva a la política. Y así lo práctica: discusión abierta para que luego abiertamente la ciudadanía elija aquello que desee. Y así, Podemos en unos días saldrá eligiendo su propia forma de organización, que ha de compatibilizar virtuosamente democracia y eficacia necesaria y suficiente para disputar el momento histórico que vive actualmente España.