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sábado, 13 de enero de 2018

Las hijas del Amor.

Fue la Fraternidad la hija predilecta del Amor, aquel que conformó toda la belleza que nos rodea. El Amor engendró tres hijas, que donó a los humanos para que nos olvidáramos de los pesares del mundo; estas fueron: la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. Las hizo nacer el mismo día, el 14 de julio de 1789, y en el mismo lugar, París. Posteriormente, la República Francesa las adoptó como sus divisas y el socialismo como su aspiración suprema.



La Libertad, principio básico que orienta la vida y es inherente a cada ser humano, fue un don demasiado hermoso para que encajara en la apretada agenda de los hombres, tan ocupados en sobrevivir, y apenas nacida se vio rodeada de innumerables enemigos y detractores; los que menos la practicaban eran los que por cualquier motivo la invocaban y los que más la necesitaban eran los que mayoritariamente la temían. Vino Jesús a ver si con su prédica la vigorizaba ante nosotros, pero no lo entendimos e incluso lo crucificamos. ¿Cómo íbamos a entenderlo si nos pedía amar incluso a nuestros enemigos y comportarnos con los demás como quisiéramos que ellos se comportaran con nosotros? Eso era mucho pedir a una especie, que iniciaba su deambular por los peldaños inferiores de su infinita evolución. Tuvo que la guillotina imponerla por la fuerza y el Emperador Bonaparte desperdigarla al fragor de los cascos de su brioso corcel, para que el resto de Europa y nuestras nacientes repúblicas le dieran cabida en las páginas de sus constituciones; aun así, permanece endeble en espera de mejores días que mitiguen las penas causadas por la incomprensión humana de sus loables propósitos.

La Igualdad, dulce quimera que aliviaría lasa pesares con que las Parcas nos dotaron al nacer, encontró escollos mayores a los que enfrentó la Libertad y, a duras penas, la equidad fue lo máximo que los poderosos prometieron a los humildes, para que las estructuras sociales no se derrumbaran bajo el peso de las injusticias reinantes. Si aceptamos la desigualdad como algo inherente al hombre, pues nunca hubo dos seres humanos iguales, debemos suponer que la Igualdad a la que se referían los revolucionarios de Francia, que en 1789 enarbolaron esta hermosa consigna, no es la total igualdad sino la de los derechos civiles en una sociedad libre que los debería garantizar para todos sus miembros. Pero al no existir ninguna sociedad que pudiera llamarse libre, en la que sus ciudadanos gozaran de los mismos derechos y beneficios, la igualdad se convierte en un paradigma, en un sueño que la especie humana debe lograr en alguna etapa de su ulterior evolución.

La Fraternidad es la ayuda mutua, el principio básico que debe regir toda sociedad; en cambio para nosotros, hombres libres y de buenas costumbres, es la buena correspondencia entre quienes nos tratamos como hermanos, es una necesidad vital en el ser humano y una facultad que debe ser desarrollada por cada uno de nosotros. La Fraternidad fue la única hija del Amor que sentó lasos de unión entre nuestros congéneres, pero solo logró la aceptación de los seres semejantes, como una especie de obligación social y nada más; sin duda, falta mucho para que seamos verdaderamente humanos, para que quien se encuentra en las capas superiores de la sociedad baje de su alto pedestal y con humildad acepte que el ser inferior posee sus mismos derechos.

Fue la Fraternidad la que complementaría las fortalezas con las que el Amor dotó a los humanos para que justificásemos nuestro fugaz paso por la Tierra. Este nuevo sentimiento basó su principio de acción en la necesidad de prosperidad que nos embarga y nos impele a disfrutar de la vida únicamente si nos vemos rodeados de sonrisas que repelan a la agresiva Saudade.
El Príncipe pudo ser feliz sólo mientras habitaba en el palacio de la Despreocupación, donde la Pena era impedida de entrar y un alto muro lo separaba del mundo real. Pero cuando desde lo alto de su pedestal contempló las miserias, de cuya realidad las murallas de la urbe lo aislaban antes, sintió ganas de llorar, y con la ayuda de su nueva amiga, la golondrina despechada por la frivolidad de un junco que coqueteaba sin cesar con la brisa, repartió sus innecesarias riquezas, y esta fraternidad los transformó a ambos en las cosas más preciadas de la ciudad.

El Amor Propio, que no debe ser confundido con la vanidad y el falso orgullo, es el sustento de la Fraternidad. No podemos amarnos a nosotros mismos si no amamos a nuestros semejantes, no podemos ser felices si no lo son los demás, pues dependemos rigurosamente del bienestar común. Sólo el amor a lo que nos rodea perfecciona al mundo y lo vuelve habitable para nosotros mismos; por esa causa, la Fraternidad es un sentimiento de auto defensa que nos permite subsistir. Aun las especies más primitivas la sienten. Las amebas, seres unicelulares, debieron aglutinarse en organismos complejos, cuyas partes se especializaron en cumplir una tarea específica para así existir colectivamente; si tan solo una de ellas no cumpliese su función, el organismo entero perecería víctima de la falta de fraternidad de sus miembros. Si lo más primitivo es fraterno, ¿cómo no lo van a ser los organismos superiores, que lo necesitan más aún? Cardúmenes, manadas y jaurías son formas animadas con que los animales se organizan fraternalmente con la finalidad de sobrevivir, de otra manera serían exterminados por sus depredadores, y estos últimos también se organizan para cazar a los primeros y así subsistir. ¿Y acaso, las sociedades humanas no son formas de organización colectiva creadas por el hombre, que aun en su etapa más pretérita debió constituirlas para no perecer? Lo que pasa es que este tipo de fraternidad, que podríamos llamar instintiva, porque surge de manera natural, debe dar paso a una fraternidad consciente, que sea capaz de forjar en el futuro una sociedad igualitaria, en la que el hombre deje de ser lobo del hombre, como hasta ahora.

Parecería que las sociedades modernas no han superado aún el darwinismo, sobre cuyas bases se forjaron. Por eso la Fraternidad, etapa superior de la instintiva, dará paso a una organización social en la que lo pluricultural será la norma del accionar humano. Reconocer que ninguna cultura es superior a otra conlleva saber diferenciar cultura de civilización y respetar la etapa de desarrollo en que la otra cultura se encuentra, apreciar sus particularidades y enriquecerse de su diversidad.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

No hay mayor desorden social que la injusticia.

Ni Goethe, semidiós del pensamiento, al afirmar “prefiero la injusticia al desor­den” tuvo en cuenta, como tampoco las cabe­zas pensantes que se suben al carro de tan sospechosa idea, que los juegos de palabras en política, y sobre todo en estos tiem­pos de lucidez po­pular, son tan despreciables para la inteligen­cia simple como peligrosas las bombas de relojería. 



Porque no hay quien con la cabeza en su sitio pueda pensar que el desorden sólo existe cuando es visible, manifiesto y tangi­ble. Porque, hoy es imposible que pueda haber algún bien pensante que no repare en lo siguiente: no hay mayor desorden en una colectividad que cuando está en ella instituida la injusti­cia social, y la justicia formal está prostituida al no reparar los jueces y tribunales el injusto cometido por las clases sociales su­periores... Lo mismo que no hay quien no "entienda" que falta­ría más que tanto el Goethe Canciller de la República de Weimar, que quería la paz en las calles a cualquier precio, como luego y siempre todos los turiferarios y beneficiarios máximos del sistema ultracapitalista no quieran la protesta rui­dosa, la denuncia peligrosa, la algarada, la revuelta, y con ma­yor motivo la revolución. Y digo faltaría más, porque sencilla­mente todos ellos, quienes forman parte del poder financiero, del político, del religioso y del mediático viven opíparamente, justo de los privilegios, canonjías y prebendas que aporta la calma absoluta en la calle y en los despachos, aunque la vida en cada hogar del montón sea insoportable. 

En España, en estos momentos de su historia en que se hace balance de las tropelías, fechorías y desvalijamientos de las ar­cas públicas por parte de gobernantes y políticos durante casi dos décadas, la repulsa popular más extrema ya ha traspasado hace tiempo los niveles iniciales de indignación que acompa­ñan a cada escándalo conocido, para situarse en el escalón supe­rior de la impotencia. Y esa impotencia se hace sentir en grado sumo al ir presenciando la población año tras año, que la justicia dedica todos sus recursos a la investigación e instruc­ción de cada caso, pero pasan los años y no se conoce todavía ninguno de envergadura que haya pasado a la siguiente fase del juicio oral, es decir al juicio público propiamente dicho. 

Siendo así que lo mismo que cualquiera hoy día está al cabo de la calle de lo que digo al principio: que no hay mayor desor­den que la injusticia, también lo está de que, técnicamente, hay indicios y pruebas suficientes de los obtenidos en muchos de los procesos abiertos en los que el fraude, la prevaricación, el co­hecho y la apropiación de caudales públicos alcanzan una gra­vedad extraor­dinaria, como para haber pasado el proceso al trámite ple­nario, al juicio oral. Ello, con independencia de que más ade­lante y a medida que puedan acumularse más delitos co­meti­dos por las mismas personas, se abran nuevo procesos. 

Son demasiados años los dedicados a la investigación como para no pensar y sentir que el encallamiento de los casos en una instrucción que parece pretender ser exhaustiva, no hace más que extender la sensación general de que la propia Justicia con­tribuye a la impunidad extrema y por consiguiente a la injusti­cia. Que, en definitiva, el centro de gravedad del ma­yor desor­den de un país se encuentra precisamente en la falta de volun­tad de hacer justicia, cuando los imputados por delitos públicos gravísimos pertenecen a la clase gobernante o política, o senci­llamente a las clases sociales superiores..