jueves, 7 de septiembre de 2017

Con las respuestas, nos cambiaron las preguntas

Resulta curioso comprobar cómo la crisis del refranero tradicional es contrarrestada por nuevas frases y aforismos capaces de enriquecer el vasto y contradictorio acervo de la sabiduría popular.A finales de los últimos años 80, cuando las grietas del muro de Berlín hacían saltar por los aires la lógica y el sentido del siglo XX, una de estas sentencias logró plasmar mejor que mil eruditos estudios sociológicos aquel extraño fenómeno que estábamos viviendo. La frase apareció escrita un buen día en un muro de Quito, donde la descubrió Jorge Enrique Adoum. Luego el poeta ecuatoriano se la traspasó a Mario Benedetti que, finalmente, sería el responsable de su divulgación. Se trata de aquella que nos señalaba cómo “cuando teníamos todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas”.


Algo más de 25 años de la caída del muro, un cuarto de siglo largo durante el que no hemos cejado en encontrar nuevas respuestas. Algo comprensible si pensamos que esta orfandad de contestaciones nos avocó al vértigo del vacío, a la zozobra y la angustia de mantenernos como náufragos en esta nueva realidad líquida, como diría Bauman, impotentes frente a nuestro deseo por alcanzar algún puerto. No en vano, la desesperación es tan grande en esta nueva balsa de Medusa de nuestra cotidianidad, que daríamos cualquier cosa por tocar tierra firme. Aunque para ello tengamos que pagar el precio de alcanzar la costa donde el Cíclope puede devorarnos o la pérfida Circe transformarnos en bestias.

Este anhelo tal vez explique la atracción que ejercen los paradisíacos espacios de las respuestas absolutas, sin importar que las pretendidas soluciones lleguen envueltas en la amargura infinita del horror. Su influjo lo hallamos en la presencia de esas decenas de jóvenes que desde la decadencia de Occidente han acabado encontrando su lugar en el mundo dentro del misticismo milenarista de la yihad, como el australiano Jaled Sharruf, exhibiendo la imagen de su pequeño hijo con la cabeza de un soldado sirio como trofeo. O la negra determinación del anónimo británico que aplicó el cuchillo al cuello del periodista James Foley.

Es la seguridad total que otorga esas respuestas capaces de enmudecer cualquier pregunta, cualquier interrogante que ponga en duda las evidencias. Por eso, a pesar del espanto, nunca dejan de ser atractivas y, sobre todo, útiles este tipo de certezas. Útil para el iluminado que siega la vida mientras olvida el universalismo de un islam que fue capaz incluso de integrar bajo su protección –aunque con estatus inferior, cierto- a cristianos y judíos. Útil también para la implacable racionalidad de Israel para anegar Palestina en un baño de sangre se siente cómoda con estas verdades. Justificación, en fin, para la lógica de hierro y fuego con que Al Asad asegura el inmovilismo de su régimen.

Y lo mismo ocurre con la zozobra occidental, tan necesitada de argumentos cinematográficos, de buenos y malos, para articular su discurso sobre Oriente Medio. O sobre cualquier otro lugar del planisferio. Como Ucrania. Allí, podemos regresar al territorio tranquilo de las certezas antiguas donde Moscú vuelve a ser un despiadado oso en el que se funden las almas perversas de Stalin y Rasputín. Un reino de manuales olvidados, que no solo acoge a los halcones de Washington, Londres o Berlín, sino que en su orden perfecto es capaz de integrar a ese puñado de españoles que deambulan por Lugansk y Donetsk, entre añoradas consignas del No pasarán y resistencia idealizada de unas lejanas brigadas.
En cualquier caso, no es preciso deambular geografías extrañas para alcanzar el cobijo de cualquier certeza. Por toda Europa, el avance de la extrema derecha se transforma en el símbolo más siniestro de este afán por las respuestas. Alemania, Austria, Grecia, Hungría. En Francia, el Frente Nacional ya supera el 25% de los votos, en Dinamarca el DF tiene el 26%, mientras que en el Reino Unido el UKIP se acerca al 30%. En Croacia, los extremistas del HSP, en coalición con otros grupos de derecha, conquistaban el 41% del electorado. Es el blanco y negro que permite entenderlo todo, sin necesidad de detenerse un instante. Sin necesidad de preguntas estúpidamente empeñadas en la duda.

En otros casos ni siquiera hay que salir del despacho para saberse a salvo de las incertidumbres. No en vano, Paul Krugman no deja de alertarnos frente a esa ciega fe que invade a esos economistas neoliberales, empecinados en repetir las mismas respuestas aunque la realidad se empeñe con igual obstinación en evidenciar la falsedad de sus previsiones. Pronósticos convertidos en recetas, remedios impuestos por gobernantes y ejecutivos financieros con la frialdad de los cirujanos incapaces para aplicar otro tratamiento a nuestras dolencias que no pase por las amputaciones. Tajos quirúrgicos recibidos por alborozo por las selectas clases sociales que, de este modo, se reparten el despojo de nuestros muñones.

Si, teníamos las respuestas y nos cambiaron las preguntas. Y veinticinco años después, por desgracia, parece que seguimos empeñados en agarrarnos al clavo ardiendo de cualquier respuesta. Lo preferimos al desasosiego que nos genera nuestras intuiciones, la sospecha de que tal vez las preguntas acaban siendo más determinantes que las respuestas. Mirar críticamente a nuestro alrededor y preguntarnos: ¿Adónde vamos? Armarse de paciencia y saber que tenemos por delante un largo camino de interrogantes.

El desafío es enorme: o construir una nueva alianza nacional-popular democrático-plebeya o terminar en los escombros de una -Katacracia- (gobierno de mediocres, ya sean neoliberales o de esa socialdemocracia de tercera vía), incapaces de representar los intereses de los “ de abajo” institucionalmente, que a la postre es dónde se decide de verdad.
La batalla final, para provocar un poco, será entre el populismo de derechas de las -jerarquías- y el populismo de izquierdas, -los de abajo-. En medio no hay nada, solamente palabrería e impostura.

miércoles, 23 de agosto de 2017

De tanto estrellarnos contra el muro.... Tal vez caiga.

Las convergencias antisistema sacuden las elecciones. Algunas tratan de superar el capitalismo pero tienen poco poder. ¿Cómo no frustrar a la sociedad e influir en el orden mundial?
En los países en los que hay elecciones, existen normalmente dos partidos principales ubicados más o menos en el centro de las ideas de los electores del país. En los últimos años se ha producido una cantidad importante de elecciones en las cuales algún movimiento contestatario ganó las elecciones o por lo menos eligió una cantidad suficiente de representantes para que el partido gobernante necesite su apoyo.  

El último ejemplo ha sido el de la provincia de Alberta, en Canadá, en el que el Partido Nacional Democrático (NPD), participando con una plataforma cercana a la izquierda radical, inesperadamente alcanzó el poder detentado sin dificultades desde hacía bastante tiempo por un partido de derecha, los Conservadores Progresistas. Lo que vuelve a este acontecimiento mucho más sorprendente es que Alberta está considerada la provincia más conservadora de Canadá y es el sostén del primer ministro del país, Stephen Harper, en el poder desde 2006. El NPD ganó además 14 de las 25 bancas en Calgary, bastión de Harper.
Alberta no es el único caso. El Partido Nacional Escocés (SNP) ganó las elecciones en Escocia habiendo sido históricamente un partido marginal. El partido de ultraderecha polaco Partido de la Ley y la Justicia derrotó al candidato considerado conservador y pronegocios, la Plataforma Cívica. Syriza en Grecia, que desarrolló una plataforma antiausteridad, está actualmente en el poder y su primer ministro, Alexis Tsipras, lucha para alcanzar sus objetivos. En España Podemos, otro partido antiausteridad, está creciendo firmemente en las encuestas y parece hallarse en condiciones de dificultar o imposibilitar la permanencia en el poder del partido conservador, el Partido Popular. También la India está celebrando ya un año en el poder de Narendra Modi, que participó con una plataforma que desalojó a partidos tradicionales y dinastías de poder.
Estas elecciones contestatarias tienen siempre algo en común. En todas las campañas los partidos que sorprenden utilizan una retórica calificada de populista. Es decir, afirman que están luchando contra las élites del país que tienen mucho poder e ignoran las necesidades de las amplias mayorías de la población. Insisten en la necesidad de crear empleos, especialmente en aquellos lugares en que se manifiesta un gran aumento de la desocupación.
Además esos movimientos siempre destacan la corrupción de los partidos en el poder y prometen acabar con ella o por lo menos reducirla drásticamente. Con esos argumentos respaldan el cambio, un cambio real.



Sin embargo debemos observar más de cerca esas protestas. En modo alguno son todas iguales. Existe, entre ellas una grieta fundamental que se puede percibir en cuanto nos desembarazamos de su retórica. Algunos de esos movimientos contestatarios son de izquierda, como Syriza en Grecia, Podemos en España, el SNP en Escocia o el NDP de Alberta, y otros netamente de derecha, como el de Modi en la India o el Partido de la Ley y la Justicia en Polonia.
Los de izquierda encaran centralmente sus críticas en temas económicos. Su retórica y sus movilizaciones se basan en el sistema de clases. Los que están a la derecha se afirman principalmente en cuestiones nacionalistas, normalmente con un énfasis xenófobo. La izquierda quiere combatir el desempleo generado por las políticas gubernativas incluyendo, claro, mayores impuestos a las grandes riquezas. La derecha quiere combatir el desempleo previniendo la inmigración en incluso deportando a los inmigrantes.

Cuando llegan al poder, tanto los movimientos de izquierda como los de derecha, descubren que es muy difícil cumplir las promesas populistas de sus campañas. Las grandes corporaciones disponen de instrumentos para limitar las medidas que las perjudican. Actúan en nombre de esa mítica entidad a la que llaman “mercado” con el apoyo y la complicidad de otros gobiernos y de los organismos internacionales. Los movimientos contestatarios descubren entonces que si presionan demasiado el presupuesto del Gobierno se reducirá, al menos en el corto plazo. Pero para las personas que los votaron el corto plazo es el lapso que permite seguir aprobándolos. El día de gloria y de poder de los movimientos de protesta corre el riesgo de hallarse muy limitado. Entonces “firman compromisos” que irritan hasta al más militante de sus partidarios. No hay que olvidar que quienes apoyan un cambio de gobierno son siempre muy heterogéneos. Algunos son militantes que luchan por un gran cambio mundial y por el papel que sus países desempeñarán en dicho cambio. Otros están simplemente cansados de los partidos tradicionales que se vuelven reiterativos y poco sensibles. Algunos apoyan no seguir tolerando a gente tan ruin como la que está en el gobierno. En síntesis, estos partidos-movimientos no son un ejército organizado, sino una alianza inestable y fluctuante de muchos y diferentes grupos.

A partir de esta situación podemos consignar tres conclusiones. La primera es que los gobiernos nacionales no tienen todo el poder necesario para hacer lo que quieren. Se hallan totalmente restringidos por el funcionamiento del sistema mundial, que funciona como un todo.
La segunda conclusión es que mientras tanto algo se puede hacer para aliviar el sufrimiento de las personas comunes. Es posible tratando de reasignar la distribución de las rentas por la vía tributaria u otros mecanismos. Los resultados pueden ser solo temporarios. Pero una vez más quiero recordar que todos vivimos en el corto plazo y lo que podamos conseguir en él es una ventaja y no una desventaja.
La tercera conclusión es que si uno de esos partidos llega a ser un partícipe serio de los cambios en el sistema mundial no debe limitarse al populismo de corto plazo y comprometerse en cambio en acciones de mediano plazo para influir en la lucha global en este período de crisis sistémica y de transición hacia un sistema mundial alternativo, que ha comenzado y se halla en curso.
Solo cuando los partidos-movimientos de izquierda aprendan a combinar medidas de corto plazo para “minimizar el dolor” con esfuerzos de mediano plazo para influir en la lucha por un nuevo sistema, podremos albergar alguna esperanza de llegar a la salida que deseamos, un sistema mundial relativamente democrático e igualitario.