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jueves, 12 de abril de 2018

Qué es el machismo. Algunos apuntes.

El machismo es muchas cosas: no es solamente asesinar a una mujer o pegarle.

Es también la sorna con que muchos machistas tratan las palabras de las mujeres.

Es también la impermeabilidad y subvaloración de muchos hombres y mujeres machistas a las palabras de las mujeres.

Es también que los argumentos de una mujer inteligente sean tomados como "ataques" por hombres formateados por el sistema capitalista.

Es también la complicidad social hacia la violencia de género, en cualquiera de sus formas, desde la verbal hasta la física.


Es también la banalización de los linchamientos contra las mujeres inteligentes, la complicidad de los callados.

El machismo es la estigmatización de las mujeres inteligentes; como lo expresa la compañera Liliany Obando, socióloga, luchadora social, ex-presa política del régimen colombiano, actual perseguida política: "Cuando una mujer inteligente levanta su voz y señala las incoherencias e injusticias vengan de donde vengan se le señala y descalifica como "complicada" o "problemática", cuando menos".

El machismo es también la banalización y aceptación de los productos de la industria cultural del capitalismo, cerrando los ojos a los valores degradantes que inyectan y a la alienación que conllevan. Que en muchos casos, en mentes alienadas en extremo, lleva al feminicidio. El machismo es no querer darse cuenta de que lo que parece una "diversión" incita al odio y violencia de género.

La superestructura cultural del capitalismo lo apuntala en base a la división de los seres humanos mediante mecanismos de discriminación como el machismo o el racismo: lo importante para los capitalistas siendo dividir a los oprimidos para seguir perpetrando la explotación de las y los trabajadores y la depredación del medio-ambiente.

El feminicidio tan atroz que padecen las mujeres en el mundo entero, tiene como antesala la alienación que provoca la industria cultural del capitalismo.

El machismo responde a muchos mecanismos y actitudes de discriminación funcionales al sistema capitalista. Por ello necesitamos un feminismo de clase, y una lucha social abanderada del feminismo, sin concesiones a vicios burgueses tan depredadores como el machismo. Por eso también tenemos que luchar para que nuestros propios compañeros de lucha integren el respeto hacia la mujer y combatan también el machismo, de manera activa, en lo concreto de cada situación, no solamente de consigna.

domingo, 18 de marzo de 2018

Excrecencias del sistema.

Banalidad y poder configuran una realidad percibida por sus victimas, por decirlo con palabras de Leibniz, como un escenario donde "todo conspira." La falta de crédito del régimen, el pobre desempeño de la Jefatura del Estado, la desnaturalización democrática y el tremendo hartazgo de la opinión pública piden a gritos una reforma en profundidad, nuevas maneras, no meros cambios de imagen. Aunque vistos los resultados del 26J es absolutamente incierto el camino que se va a seguir. 
Seguramente la alianza del bipartidismo clásico intente parar esa sangría inevitable; hasta cuando......?Y sin embargo, el régimen ha llegado a una elipse de decadencia en la que le es imposible organizar su propio caos, incapaz de resolver los problemas estructurales que crea, atado a la recidiva impertinente que le postra. La degradación del acto político como esencia de los cimientos del sistema produce lo que nos enseñaba Aristóteles cuando concluía que las fuerzas –pero no los principios- que concurren para promover y conservar la vida son los mismos que pueden destruirla. 
El mantenimiento del régimen de poder, poder de las minorías dominantes, y la exigencia de una despotilización de la vida pública ha terminado en la deriva imposible de que el régimen tenga que estar huyendo permanentemente del tiempo, de las responsabilidades y de la historia.



La banalidad como argamasa de la tendencia oligárquica. La vida pública produce una radical abolición del pensamiento como motor de la acción política que ha dejado de ser, como describía Azaña, un movimiento defensivo de la inteligencia, oponiéndose al dominio del error. Esta banalización de la política, el derrocamiento de la creación dirigida hacia el bien público, las tendencias oligárquicas como parte de un sistema cerrado y su consecuente desprestigio ante la ciudadanía, constituyen un profundo vacío en la racionalidad del diagnóstico y la solución de los problemas planteados por la crisis institucional y política que padece el país. La fatiga territorial del Estado de las autonomías es reflejo antinómico de las desviaciones de unas instituciones nacidas de un régimen de poder predemocrático que sufrió un proceso de adaptación, no de cambio. Los grandes proyectos nacionales no son frutos del pasado, de lo que se ha sido, sino del futuro, lo que se aspira a ser. No es una intuición de algo real sino un ideal, un esquema de algo realizable, un proyecto incitador de voluntades, un mañana imaginario capaz de disciplinar el presente. Y la Transición no ha sido el caso.

La ciudadanía empobrecida, damnificada de una sociedad cada vez más dual, perjudicada en sus derechos cívicos y sociales, contempla como deja de ser fuente de poder porque ello exige, como afirmaba Philip Pettit, la igualdad civil de todos sus miembros. La derecha y las élites dominantes han roto el pacto de la Transición dinamitando todas las garantías sociales y económicas que el marco constitucional contemplaba para los ciudadanos y reforzando los elementos ajenos al escrutinio popular y que consolidan, mediante el blindaje del poder arbitral del estado, los intereses de las minorías económicas y estamentales.
Es decir, el llamado pacto de la Transición ha quedado reducido a sus  componentes más drásticos, aquellos que configuran el hereditario poder arbitral del Estado, los poderes económicos y financieros y el aparato mediático con una ideología y unos intereses que tienen necesariamente que prosperar en el déficit democrático y la concentración oligárquica de la influencia y el poder de decisión.  La crisis económica como coartada para la reversión de los derechos cívicos y sociales de las mayorías y el desafecto de éstas a un régimen que perciben como causa de todos sus males, deja al sistema sin credibilidad por mucho que sus responsables pretendan regenerarlo mediante cambios nominales y marketing sobreactuado. En realidad, las agredidas mayorías sociales ven que el pacto de la Transición ha quedado reducido a un simple complot de los poderosos de siempre contra el poder de la ciudadanía.


La “derecha” y la “izquierda” institucional son parte de estas élites hegemónicas; su verdadero problema son sus pueblos, a los que no entienden y desprecian, incapaces de ponerse en su lugar y defenderlos. En un momento que las poblaciones necesitan seguridad, orden, bienestar, derechos, libertades, Instituciones fuertes que le defiendan, no tiene quien las represente, mejor dicho, sí lo tienen, las derechas nacionalistas o los populismos de derechas. Imagínese..............
Lo que está en juego es muy grande y determinará el futuro. Frente a las élites económicas, políticas y mediáticas -la trama que nos gobierna y manipula- cabe otra alternativa diferente y antagónica a los populismos de derechas. 
Me refiero a una nueva alianza, una nueva cultura, construida en base al empoderamiento ciudadano, la fraternidad y la equidad, desde las mayorías sociales en torno a la defensa de la independencia y de la soberanía popular, la democracia económica y social en un Estado federal.