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sábado, 16 de junio de 2018

Visión parcial.

Desde mi madurez vital he desconfiado de los especialis­tas más allá de su utilidad en cada circunstancia. Pero in­cluso de ésta desconfío también. Y me refiero no sólo a los exper­tos dentro de un área de conocimiento sino también a los ex­pertos con carácter general acerca de una materia, res­pecto a quienes la desconocen en absoluto. El médico o el abogado o el juez o el político o el economista o el mili­tar o el físico, por ejemplo, respecto al resto de la sociedad. To­dos, cuanto más sesudos y más celosos del objeto de su estu­dio, más deformados en relación al resto de porciones de realidad que les rodea. Cuanto más esmero y más em­peño ponen en ampliar el conocimiento de su interés, más alejados están de la sabiduría. El que sabe un poco de todo, no sabe nada. Pero el que sabe mucho de algo, acaba igno­rando todo lo demás hasta que eventualmente algo le des­pierta. Ese despertar que le hizo decir al genio Einstein dos y dos son cuatro hasta nueva orden...



Raro es el especialista que sabe lo que ignora y raro es el que relativiza su parecer... Se manifiesta ordinariamente sin humildad frente al profano como el teólogo frente al pa­gano. Diríase que el especialista de categoría, no sabe nada de otras cosas que no sean las suyas. Además, raro es el que es capaz de reconocerse como un teórico más den­tro del ám­bito cultural al que pertenece, y más raro el que tiene en cuenta que existen otros ámbitos culturales en los que su te­sis seguramente no tendrá cabida, y por eso no ad­vierte “hay otras teorías, otras formas de hacer las co­sas; la mía, las mías son éstas, y ésta es mi oferta”. Esto es para mí el las­tre suficiente que me impide animarme a ha­cerle mucho caso. La deformación global de la personali­dad del especia­lista y su habitual arrogancia son la causa de mi descon­fianza y también de mi antipatía desde un punto de vista di­dáctico y cultural. Sí, porque sabemos hasta qué punto todo cuanto forma parte de nuestra civili­zación es el resul­tado, primero del consenso de minorías y segundo de fre­cuentes correcciones no ya de corolarios sino también de principios y de fundamentos en todos los órdenes. Y esto me lleva a enlazar con lo inicial. Una cosa es que sea utilita­ria una teoría porque permite trabajar so­bre ella y aquietar a los espíritus inquietos necesitados constantemente de certe­zas, y otra que esté revestida de una certidumbre uni­versal y concluyente. Sin embargo, nunca sabremos a cien­cia cierta hasta que protagonicemos nuestra muerte qué nos espera tras ella. Nunca sabremos cuál es el verdadero ori­gen del universo. Nunca sabremos de dónde venimos y a dónde iremos. Nunca sabremos si los fundadores de las reli­giones, sobre todo las monoteís­tas, fueron enviados por un dios, fueron extraterrestres o fueron simples humanos dotados de un sentido común pero especial y universal diri­gido a dar sentido a la vida del ser humano y de paso a organizarla; si vinieron o no para despertar la conciencia dormida del salvaje o de toda la especie humana... Las gran­des incógnitas jamás se des­velan más allá de lo que desea el interés o la vo­luntad individuales y colectivos. 

Pues bien, el ser humano de esta civilización, el que do­mina a través de un laberinto de intereses heterogé­neos que al final le hace padecer trágica ceguera, es el especialista de nuestro análisis y descripción. Ése que ca­rece de la visión de conjunto, ése que tiene sus miras pues­tas en el sólo obje­tivo de la ganancia y la depreda­ción. Ése al que la estul­ticia, la deformación y la ambición a la postre le han atrofiado el instinto y mutilado la inteli­gencia que pre­cisa la colmena para su supervivencia. Ése que tala y tra­fica con la madera, ése que explota los hidro­carburos, ése que poluciona ciuda­des y países con la indus­tria petro­química… Ése que al­tera ecosistemas, destroza mares, lagos, montañas y ríos. Ése que ha provo­cado ya neciamente la destrucción paula­tina, si medimos el tiempo a escala cósmica pero galo­pante si la medimos por el que dura una vida humana, de las condi­cio­nes de vida en la única casa que posee él y po­seemos to­dos: el planeta Tierra. Maldito sea...

jueves, 12 de abril de 2018

Qué es el machismo. Algunos apuntes.

El machismo es muchas cosas: no es solamente asesinar a una mujer o pegarle.

Es también la sorna con que muchos machistas tratan las palabras de las mujeres.

Es también la impermeabilidad y subvaloración de muchos hombres y mujeres machistas a las palabras de las mujeres.

Es también que los argumentos de una mujer inteligente sean tomados como "ataques" por hombres formateados por el sistema capitalista.

Es también la complicidad social hacia la violencia de género, en cualquiera de sus formas, desde la verbal hasta la física.


Es también la banalización de los linchamientos contra las mujeres inteligentes, la complicidad de los callados.

El machismo es la estigmatización de las mujeres inteligentes; como lo expresa la compañera Liliany Obando, socióloga, luchadora social, ex-presa política del régimen colombiano, actual perseguida política: "Cuando una mujer inteligente levanta su voz y señala las incoherencias e injusticias vengan de donde vengan se le señala y descalifica como "complicada" o "problemática", cuando menos".

El machismo es también la banalización y aceptación de los productos de la industria cultural del capitalismo, cerrando los ojos a los valores degradantes que inyectan y a la alienación que conllevan. Que en muchos casos, en mentes alienadas en extremo, lleva al feminicidio. El machismo es no querer darse cuenta de que lo que parece una "diversión" incita al odio y violencia de género.

La superestructura cultural del capitalismo lo apuntala en base a la división de los seres humanos mediante mecanismos de discriminación como el machismo o el racismo: lo importante para los capitalistas siendo dividir a los oprimidos para seguir perpetrando la explotación de las y los trabajadores y la depredación del medio-ambiente.

El feminicidio tan atroz que padecen las mujeres en el mundo entero, tiene como antesala la alienación que provoca la industria cultural del capitalismo.

El machismo responde a muchos mecanismos y actitudes de discriminación funcionales al sistema capitalista. Por ello necesitamos un feminismo de clase, y una lucha social abanderada del feminismo, sin concesiones a vicios burgueses tan depredadores como el machismo. Por eso también tenemos que luchar para que nuestros propios compañeros de lucha integren el respeto hacia la mujer y combatan también el machismo, de manera activa, en lo concreto de cada situación, no solamente de consigna.