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domingo, 30 de octubre de 2016

En el turismo, tampoco nos sirve el neoliberalismo.

Cuando un país pierde el sentido de la estética, de la calidad de vida y de la propia dignidad es que su situación es realmente preocupante. En aras de un neoliberalismo trasnochado, esa fuente de anarquía que repele cualquier regulación u ordenación, aunque esta sirva para su propia supervivencia. Ellos siempre son cortoplacistas y miopes....sólo miran la cuenta de resultados. Hordas de turistas de alpargata, traídos por multinacionales sin valores cívicos, cuyos mayordomos -políticos de aquí-, les han propiciado su rapiña; o constructores sin alma, al servicio del pelotazo de cemento y ladrillo, destrozan las ciudades y las costas. España ha logrado a día de hoy degradar gran parte de las grandes ciudades más turísticas y destruido irremediablemente buena parte del litoral.



La falta de regulación efectiva sobre el turismo de masas ha logrado destrozar costas y ciudades. Esta fuente de riqueza básicamente para unos cuantos conglomerados hoteleros, ya que el trabajador por lo general recibe solamente las migajas del pastel, debería reconvertirse de tal manera que pudiera servir al -bien común-. Es cierto que el turismo supone alrededor de un 12% del PIB. Apuntar que, por la cantidad ingente de dinero negro que mueve este sector, es susceptible de un análisis pormenorizado, de tal manera que estos vicios decimonónicos queden minimizados y de esta forma los activos perdidos reviertan a la sociedad. No debemos olvidar que a la vez el turismo masivo y de poca calidad que se ha promovido en España destruye riqueza paisajística, merma los recursos hídricos, contamina de diversas maneras, fomenta la especulación urbanística; y especialmente deteriora la capacidad de muchos vecinos de poder disfrutar en paz de su propia ciudad. La excusa de la riqueza y el tamaño del sector provocan el deterioro grave de las ciudades y territorios afectados. 

Esta falta de autoestima como sociedad viene derivada de la incapacidad de este país para crecer y crear recursos estructurales sin necesidad de albergar esta suerte de turismo de borrachera y balconing, tan apreciado por hoteleros y representantes de tiendas souvenirs. Estas bandas de turistas con pocos recursos generan casi toda la caja del año para un buen número de establecimientos playeros, lo que les otorga patente de corso para acabar con la paz y concordia de los vecinos que lo sufren y que al final tienen que seguir pagando impuestos, aunque sus ciudades presentan un aspecto que deja mucho que desear y una habitabilidad de escasa calidad. La pregunta es si esto mismo es consentido, por otros países que también tienen en el turismo una fuente importante de negocio. Estoy pensando en Francia, Italia o Suiza, entre otros. La respuesta es sencilla, NO.

La falta de un modelo de crecimiento alternativo ha desencadenado el éxito del turismo de baja calidad. España ha apostado, sin duda, por este tipo de negocio masivo ya que carece de otras fuentes de empleo alternativo, que pueda absorber toda esa mano de obra, que año tras año, vaga por España cobrando salarios de miseria, jornadas de trabajo inhumanas, en muchos casos sin contrato y con parte del salario en sobres. La inexistencia de planificadores, tan denostados por los neoliberales, nos ha llevado hasta aquí. Se ha dejado a la mano visible de los lobbys de la construcción y grandes cadenas hoteleras el diseño de nuestras costas, con el beneplácito de Alcaldes, Comunidades Autónomas y Gobierno Central, en aras del negocio se ha dejado sin regular un sector que hoy pide a gritos que alguien tome medidas, para racionalizarlo dotándolo del equilibrio necesario que le sirva para convertirse en sostenible y compatible con el bien social. 

El bien común está seriamente deteriorado con el modelo actual, pero en breve será aún peor, ya que al ser insostenible el crecimiento sin fin, unido a la especulación que padece el sistema turístico por el cual se ha apostado hasta ahora, propiciará que se derrumbe, aunque sea de manera parcial, el “tinglado” que nos han impuesto. El desastre económico será de proporciones bíblicas: en la pequeña y mediana empresa dependiente en exclusiva del turismo, el empleo que a raíz de ello se destruirá se calculará en cientos de miles de personas. La banca sufrirá los impagos multimillonarios..... con el riesgo más que probable de socializar las perdidas, de esto ya sabemos en España mucho..... ¿recuerdan lo de las Cajas de ahorro? esa gran estafa masiva.... El efecto dominó de destrucción y ruina puede asolar España.

Los grandes lobbys del sector han presionado para que este modelo no se modifique. Un ejemplo de este marasmo alegal en el que se ha convertido parte del turismo masivo son los mal llamados apartamentos turísticos. Esta oferta no regulada está ejerciendo una presión sobre los precios de los inmuebles en ciudades como Barcelona, las Baleares y en general en toda la franja mediterránea, que se está causando la expulsión en muchos barrios populares de población que ve como es incapaz de acceder a un bien básico como es la vivienda. Los grandes fondos inmobiliarios están adquiriendo este tipo de inmuebles, en muchos casos degradados, donde al final los antiguos habitantes ya no pueden disfrutar ni habitar su barrio; generando ciudades fantasma donde gran parte de la población es flotante en forma de turistas de ida y vuelta. Otro aspecto colateral del turismo de masas que tenemos en España, es la transformación del comercio de proximidad. Barrios enteros dedican ya gran parte de su tejido comercial a satisfacer los deseos y gustos del turista, es decir tiendas de ropa simétricas, comida rápida y souvenirs, notándose poco a poco la desaparición de comercios básicos tradicionales. Dando paso además a los macro centros comerciales, pero ese sería otro capítulo-. En realidad, las ciudades están siendo diseñadas para el deleite y disfrute de visitantes efímeros y de escaso poder adquisitivo por lo general, degradándose la calidad de vida para el ciudadano y vecino que paga sus impuestos y no puede disfrutar realmente de su ciudad ni de sus costas.



Los nuevos gestores públicos que están intentando revertir o parar este modelo lo tienen complicadísimo. Lo triste es que cuando alguien se plantea que este despropósito hay que pararlo, que la especulación económico-turística no es la solución para las ciudades, como pasa en Madrid, Barcelona y tantas otras del Mediterráneo, con las operaciones diseñadas para nuevos pelotazos de las jerarquías dominantes y sin escrúpulos, llueven las críticas y las mofas; lanzadas a “bombo y platillo” por el poder mediático de los oligarcas, secundado además por escuadrones de opinólogos a sueldo de los mismos amos. 

Urge el empoderamiento de la ciudadanía para racionalizar todo este descontrol, y evitar así la caída de todos, incluso de ellos.

Por supuesto que un turismo que genere de verdad riqueza para todos, que mantenga el ecosistema y no rompa el equilibrio vital entre ocio y calidad de vida de los habitantes de la zona es deseable e imprescindible y hacia él deberíamos encaminarnos. Lo malo es que este tipo de turismo cívico y de calidad huye del espanto que hemos construido gracias a la dejadez social, la permisividad política y administrativa que prefiere el -laissez faire de facto-. Por tanto, hay que formar la masa crítica suficiente y empoderada para poder cambiar de modelo productivo en este país. 

La sociedad española cada vez en mayor grado y número detesta que este país esté destinado a dedicarse a la hostelería o a la albañilería, que también por supuesto. Pero disfrutando de las alternativas imprescindibles en otros sectores de producción, que generan empleo estable y cualificado, riqueza sostenible en definitiva.

No nos gusta el designio alemán de ser las camareras-os del centro y norte de Europa.