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sábado, 30 de enero de 2016

El Patriarcado. Su relación directa con la desigualdad social y la violencia de género.

¿EN QUÉ CONSISTE EL PATRIARCADO?

1. Patriarcado: término antropológico para definir la condición sociológica en que los miembros masculinos de una sociedad tienden a predominar en posiciones de poder; mientras más poderosa sea esta posición, más probabilidades que un miembro masculino retenga esa posición.

2. Etimológicamente significa "gobierno de los padres". Se puede definir también como la forma de organización social en la que el varón ejerce la autoridad en todos los ámbitos, asegurándose la transmisión del poder y la herencia por línea masculina.

3. Sistema de dominación masculina sobre las mujeres que ha ido adoptando distintas formas a lo largo de la historia. Es una estructura de opresión sobre las mujeres y es, además, un elemento de producción y reproducción de la especie humana. Pasa por el sometimiento de las mujeres, la represión de la sexualidad femenina y la apropiación de la fuerza del trabajo del grupo dominado.

4. El patriarcado consiste en el poder de los padres: un sistema familiar y social, ideológico y político con el que los hombres -a través de la fuerza, la presión directa, los rituales, la tradición, la ley o el lenguaje, las costumbres, la etiqueta, la educación y la división del trabajo- determinan cuál es o no es el papel que las mujeres deben interpretar con el fin de estar en toda circunstancia sometidas al varón.  




Por qué ocurrió esa toma de poder?.

El patriarcado habría cristalizado con la formación del Derecho; dado que la mujer tenía siempre la certeza de cuál era su hijo, y el padre no la tenía, el patriarcado habría nacido de la declaración masculina de que tal estado de cosas debía terminar, porque si se permitía la mujer estaría eternamente en posición de superioridad, por consiguiente había que prohibírselo, y a esa prohibición la llamó Derecho. 

Origen.

En la sociedad pre-patriarcal las mujeres aportaban alrededor de las tres cuartas partes del total de los alimentos y productos necesarios a los colectivos humanos, participaban con los hombres en la caza y hasta se cree que las pinturas rupestres y el control del fuego fueron también obra suya, junto a los inicios de la doma de animales o la agricultura itinerante.

Qué factores intervienen en la aparición e institucionalización de la dominación del hombre sobre la mujer? Se pueden citar los siguientes:
La generalización de la práctica de la exogamia: las mujeres y los hombres de diferentes grupos humanos comienzan a cruzarse ante la necesidad de tejer alianzas y, sobre todo, evitar el debilitamiento del grupo como consecuencia de la endogamia (hoy denominado incesto).
El pasaje del nomadismo al sedentarismo: el desarrollo de la agricultura y la ganadería agotan las prácticas itinerantes.
La necesidad de defender el territorio: los grupos ya sedentarizados se ven obligados a defender el terreno sobre el que se han establecido, y, a la inversa, otros grupos humanos se ven obligados a buscar nuevas tierras ante cambios naturales (climáticos, catástrofes geográficas o ambientales, plagas, etc) o demográficos (ante la sobrepoblación deben emigrar a otros territorios).
Estos factores determinan en buena medida la división sexual del trabajo en la que la fuerza física, mayor en los hombres, prevalecerá sobre la resistencia biológica, más acusada en las mujeres. Mínimas diferencias biológicas determinarán la imposición de un sistema patriarcal que ha sobrevivido hasta nuestros días. 

La dominación económica (la mujer no puede ser propietaria y queda excluida de la herencia), física (el poder determinado por la fuerza física) y espiritual (sistema legales, morales, y religiosos que apuntalaban la marginación y opresión de la mujer por el hombre) quedarán garantizadas con la implantación de otro de los pilares del patriarcado: una heterosexualidad obligatoria que asegura la reproducción de la especie y la herencia patrilineal. 

El desarrollo del patriarcado ha supuesto la invisibilización continua de las mujeres y el desarrollo de teorías que apuntalaban su sometimiento casi consiguieron su “desaparición” de la historia a través del “olvido” académico de sus logros y de sus luchas. 

Desde finales del siglo XIX y a lo largo del siglo XX pequeños avances hacia la igualdad formal han puesto de manifiesto el carácter estructural del patriarcado que ha pervivido anclado en mitos (la construcción social del género) que han apuntalado una opresión material (diferencia salarial, techo de cristal, triple jornada, etc…) de las mujeres. 




Capitalismo y patriarcado: la doble desigualdad de la mujer.

Si bien el patriarcado surgió mucho antes que apareciera el capitalismo, es precisamente con la aparición del último donde se refuerza y profundiza la división sexual del trabajo: el trabajo para el mantenimiento de la vida (trabajo reproductivo o del cuidado) atribuido a las mujeres, y el trabajo para la producción de los medios de vida atribuido a los hombres. Cuando aparece la producción excedentaria surge la necesidad de la acumulación de la riqueza y la división del trabajo en la familia sirvió de base para distribuir la propiedad entre hombre y mujer, como sostiene Engels “el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino” .

A partir de entonces, la esfera de lo reproductivo pasó a ocupar un segundo plano, después pasó a institucionalizarse mediante la costumbre, la religión y las leyes, que le asignaban la “superioridad” a lo masculino sobre lo femenino. Las desigualdades de género, como vemos, se han ido reproduciendo, desde entonces hasta la fecha, por imposición social, lo que conlleva a que actualmente pervivan grandes desigualdades económicas entre hombres y mujeres.

¿Cómo se refuerzan mutuamente capitalismo y patriarcado? Hay que recordar que el capitalismo es un sistema económico basado en relaciones de explotación y de expoliación cuyo objetivo es la búsqueda de la mayor ganancia posible a través de la reducción progresiva de costos. El patriarcado es una forma de organización política, social, económica, ideológica y religiosa basada en la idea de la autoridad y superioridad de lo masculino sobre lo femenino, fundamentada ridículamente en mitos y que se reproduce a través de la socialización de género.

El capitalismo y el patriarcado les niegan a las mujeres tener acceso y control sobre los recursos económicos internos y externos (acceso y control), permiten que se mantenga invisibilizado el aporte del trabajo doméstico o reproductivo en los agregados macroeconómicos. Bajo estas condiciones, las mujeres son explotadas y expoliadas, al igual que los hombres bajo el sistema capitalista; pero con un impacto diferenciado.

El trabajo doméstico y del cuidado permite mantener las condiciones de explotación y de sobreexplotación de la fuerza de trabajo en nuestro país, puesto que genera y transfiere valor, aunque no pase por el mercado como el trabajo asalariado. Considerando que el valor de la fuerza de trabajo se mide por la suma en dinero que asegura cubrir los medios de vida que garanticen su reproducción.
¿Cómo se pueden mantener los salarios promedios por debajo del valor de la fuerza de trabajo? La producción de bienes y servicios para el autoconsumo del hogar es uno de los principales factores que permiten que una parte del costo de reproducción de la fuerza de trabajo de las familias, que no cubren los bajos salarios que pagan las empresas capitalistas, sea cubierto por la producción doméstica, y esto permite mantener las altas tasas de ganancia del sector capitalista. Según el mismo informe del PNUD, el 89% del trabajo reproductivo, es realizado por mujeres y sólo el 11%, por hombres. El trabajo reproductivo no remunerado se convierte en un instrumento indirecto de la valorización de capital.

En los últimos diez años se han mantenido las desigualdades en cuanto al acceso y control de recursos económicos que permitan la autonomía económica de las mujeres; por ejemplo, los hombres tienen más acceso al trabajo remunerado que las mujeres debido a que las mujeres son las que mayormente asumen las responsabilidades domésticas, en cuanto al acceso a propiedad de empresas existe una brecha muy marcada entre hombres y mujeres. El modelo neoliberal, a través de los ajustes fiscales y la reducción del gasto social, ha provocado que la carga del trabajo doméstico se incremente, puesto que la reducción del gasto social se traduce en eliminación o “focalización” de subsidios, escasez de medicamentos, reducción de los servicios sociales públicos, lo que contribuye a que se dediquen más horas de trabajo no remunerado a los cuidados de personas adultas, niñez, y discapacitados. Los impactos ocasionados por los programas de ajuste no han sido neutrales con respecto al género.

No sólo se trata de “incluir a las mujeres” en las cuentas y en los indicadores de las estadísticas nacionales, sino más bien de cambiar la lógica del funcionamiento del sistema económico, cambiar la lógica de la acumulación por la lógica del mantenimiento de la vida, en todas sus formas.

En relación a la nueva lógica, existen dos corrientes que abordan el tema de género de acuerdo al grado de ruptura con paradigmas androcéntricos, que proponen una nueva redefinición de la economía tanto en lo relativo a la epistemología, como a los conceptos y los métodos, éstas son la economía feminista de la conciliación y la economía feminista de la ruptura. La economía feminista de la conciliación pretende redefinir los conceptos fundacionales de la economía y trabajo, recuperando el conjunto de actividades femeninas invisibilizadas-condensadas en el trabajo doméstico-y conjuga esta recuperación con los conceptos previos: se redefine el concepto de trabajo, se trata de medir el trabajo domestico, se visibilizan las relaciones de género de desigualdad (diferencias entre el trabajo de mercado y trabajo doméstico entre hombres y mujeres).

La economía feminista de la ruptura pone en el centro del análisis la sostenibilidad de la vida, explora las consecuencias de esto en el cuestionamiento de todas las concepciones conceptuales y metodológicas previas y, por otro, atender no sólo a las diferencias entre hombres y mujeres, sino a las relaciones de poder entres las propias mujeres.

Para la economía feminista de la ruptura la producción y reproducción no tienen el mismo valor per se, sino en la medida en que colaboren o impidan el mantenimiento de la vida. Sostiene que las necesidades humanas son a la vez necesidades de bienes y servicios como también de afectos y relaciones, las facetas material e inmaterial deberían de entenderse conjuntamente.

El paradigma alternativo que trata de construir la economía feminista de la conciliación y de la ruptura también debe de incluir el aspecto de la ecología en el análisis del proceso de producción y de reproducción, ya que también es preciso tenerlo presente en el análisis de la sostenibilidad de la vida. Bajo la crisis actual a la que nos ha llevado el capitalismo y que no sólo es económica sino también ecológica, social y política; es necesario integrar dentro de los paradigmas teóricos de la economía tanto la igualdad de género como el principio de la sustentabilidad ambiental en los procesos de producción y consumo. En ese sentido, la economía, como propone la teoría feminista de la ruptura, debe no sólo preocuparse por la reproducción de la vida humana sino también de la reproducción de la vida en todas sus formas.




El Patriarcado, en el origen de la violencia de género.

El mes de noviembre es el momento en que toda la sociedad se para a reflexionar sobre la violencia de género. Sin embargo, en España cada vez es más frecuente esta reflexión, sobre todo cuando el telediario anuncia una víctima más. Los asesinatos de mujeres ya no se tratan como simples sucesos y producen, incluso, un sentimiento de culpabilidad de toda la ciudadanía. Las causas de la violencia de género no son sencillas, detrás de esas muertes hay todo un entramado de discriminación en el que efectivamente toda la sociedad ha sido cómplice.
La violencia de género fue definida por las Naciones Unidas en el año 1993 como “Todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para las mujeres, inclusive las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, tanto si se producen en la vía pública o privada”. Es fundamental la definición que proporciona Naciones Unidas porque sitúa la violencia de género como algo que afecta a las mujeres sólo por el hecho de ser mujer.
Lo que cabe preguntarse ahora es por qué es algo que sólo afecta a las mujeres y qué significa en sociedades como la española el hecho de ser mujer. La mayoría de los autores coinciden en que la causa es la discriminación femenina y detrás de ello estaría el tipo de sociedad actual y también la sociedad histórica de la que es deudora.
Según el antropólogo Marvin Harris las sociedades patriarcales son aquellas en que los puestos claves de poder son ocupados mayoritaria o exclusivamente por varones. Eso es lo que ocurre en nuestra sociedad a pesar de los esfuerzos: las caras del poder económico o político siguen siendo en su mayoría de hombres. Sin embargo, no existe ninguna norma ni discriminación explícita contra la mujer.
La catedrática Alicia Puleo define dos tipos de patriarcados, los de coerción y los de consentimiento. “Mientras que los primeros utilizarían más la violencia contra las que se rebelen ante las normas consuetudinarias, religiosas o jurídicas, los segundos incitan amablemente, convencen a través de múltiples mecanismos de seducción para que las mismas mujeres deseen llegar a ser como los modelos femeninos que se les proponen a través de la publicidad, el cine, etc.”.  La sociedad española es entonces en una sociedad patriarcal de consentimiento.

Según la catedrática Alicia Puelo, existen dos tipos de patriarcado en la sociedad: de coerción y de consentimiento

Habría que analizar lo que autoras como Gayle Rubin han llamado el sistema sexo-género al que pertenece la sociedad actual española, las características socioculturales que se atribuyen a cada sexo. Así se descubrirán las causas de la discriminación y en consecuencia de su manifestación más extrema que es la violencia de género.

Identidad sexual.
La persona a lo largo de su vida forja su identidad en relación al sexo al que pertenece. La historia ha destacado como cualidades masculinas “la fortaleza” y en las mujeres “la debilidad”. Conocida es la frase atribuida a la madre de Boabdil, el último rey nazarí, después de perder Granada “llora como mujer lo que no supiste defender como hombre”. En nuestra sociedad aún se considera que los hombres no deben expresar sus sentimientos.
En cambio en las mujeres existe todavía una idealización de las relaciones afectivas justificadas en elementos socializadores como el cine que hacen que, como señalan Laura Torres y Miguel y Eva Antón, las mujeres perciban como normal el hecho de sufrir por amor, o que todo vale por conseguir al ser querido. Tampoco las connotaciones de las palabras son inocentes, como “soltero de oro” y “solterona”, que hacen que la mujer se sienta más aceptada si tiene un hombre al lado. Otro componente son las categorías, es decir, el valor que se da a lo femenino y lo masculino. Nuestra sociedad es deudora de un pasado en el que las aportaciones femeninas no eran valoradas, ya que existen muchos ejemplos de autoras que tenían que firmar con nombres de varón como Elisa Fernández Montoya,  o como la escritora Caterina Albert que publicaba bajo el seudónimo de Víctor Catalá.
Hoy esa infravaloración se observa en temas como la escasa atención al deporte femenino o en los premios culturales, que todavía en nuestro país están en un 90% para ellos y un 10% para ellas, y también en el rechazo y escaso valor que la sociedad otorga al trabajo en el ámbito privado, tradicionalmente de mujer.
Después vendrían las normas, las diferentes reglas de comportamiento para mujeres y para hombres. No hace tantos años en España una mujer casada no podía contratar una línea de teléfono sin el consentimiento de su marido. En la actualidad no hay desigualdad jurídica, pero aunque no haya una norma escrita las estadísticas demuestran que las empresas sienten reparos en contratar a mujeres en edad fértil.

En España se infravalora a la mujer en el trabajo, pero también en el deporte y en los premios culturales

Detrás de las normas vienen las sanciones, la penalización que la sociedad pone a quien se sale de esas reglas establecidas. Hasta hace no tanto en nuestro país la mujer adúltera tenía mayor castigo penal que el hombre. En la actualidad los adolescentes reconocen que no es lo mismo que un chico vaya con muchas chicas, que lo haga una mujer.
Todas estas características del sistema sexo-género o del patriarcado de consentimiento se traducen en una subordinación de lo femenino a lo masculino y por lo tanto en una discriminación.

El pasado no se borra.
Existe un pasado difícil de borrar y unos elementos socializadores como los medios de comunicación, la educación o la familia que lo perpetúan. Aquí es donde reside la complicidad y culpabilidad de la ciudadanía. El momento en que aceptamos como normal algo que no lo es. Cada vez que aceptamos que una mujer cobre menos que un hombre, que su trabajo sea más precario o cuando pensamos que el maltrato de una mujer por parte de su pareja es fruto de un problema que sólo les afectaba a ellos. Porque detrás de esa mujer estaba la asunción de que vale más si tiene un hombre al lado o que es normal sufrir por amor. Detrás de ese hombre están las voces que desde niño le dicen que no podía mostrar sus sentimientos y todo lo que le ha llevado a asumir un sentimiento de superioridad y dominación.
La sociedad entera tiene en sus manos, por tanto, combatir la violencia de género. El primer paso es la educación trasmitir desde los contenidos educativos un mismo valor a las aportaciones femeninas y masculinas. Introducir en la escuela y en casa una mayor atención a la educación emocional de las niñas y de los niños.
También los medios de comunicación tienen su papel en esta lucha. El asesinato de una mujer nunca debe ser transmitido como un crimen pasional o un caso aislado, las noticias deberían hacer reflexionar sobre la ideología que hay detrás e invitar a toda la población a combatirlo. La implicación va más allá de incluir un número de teléfono cada vez que se hable de maltrato.