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martes, 18 de julio de 2017

Es más sencillo...este País está enfermo.

Hay sociólogos que estudian a la sociedad como un organismo vivo, en los mismos términos que se ana­liza al individuo ais­lado. Su estómago, su cerebro, su co­razón, su sistema ner­vioso... están en los órganos e instituciones del Estado. El Es­tado es un ser sen­sible y ra­zonable, es el concepto de Pizkall. Durkheim, Comte y demás sociólogos positi­vistas, así lo tra­tan.



Pero yo voy más allá. Es la sociedad, y no el Estado el orga­nismo viviente no humano por antonomasia que respira, tiene co­razón y es feliz o sufre por empatía. Sus manifestaciones de que es un organismo vivo son numerosas. En una asamblea, el entusiasmo, la indignación, la piedad o el odio tienen su origen como en una conciencia particular. Nos llegan a cada uno de no­sotros desde dentro, se potencian desde fuera y son suscepti­bles de arrastrarnos a pesar nuestro. Si un individuo intenta opo­nerse a una de esas manifestaciones colectivas, los senti­mientos que rechazan se vuelven en su contra. El Estado fun­ciona igual. Igual, cuando una mayoría insensata no hace músculo hipertrofiado por anabolizantes de todo él...

Pues bien, como consecuencia de la creación de la Unión Euro­pea y la adhesión a ella de los países miembros, y aunque no fuese ésa la idea, se ha ido produ­ciendo una debilidad progre­siva de las naciones del sur, difícil­mente evitable y rever­sible. Creíamos que el propósito de la Unión era hacernos más felices porque ése es el deber de todo Es­tado, y más aún el de una unión de Estados. Por el contrario, nos encontramos con una enorme debilidad de este país produ­cida a su vez por el des­mantelamiento virtual de sectores bási­cos de la producción y por efecto del adelgazamiento de nuestra economía; desmante­lamiento provocado por decisiones políti­cas acorda­das, en teoría, por los estados miembros, y adelga­zamiento pro­vocado a su vez por un endeudamiento pro­bablemente perverso (quizá no calculado pero efectivo), con la consiguiente prevalen­cia de las sociedades y naciones del norte sobre las del sur: lo que ha determinando la anorexia de la so­ciedad española y de la griega en estos momentos. Y así como el fútbol o el te­nis han reemplazado para las masas la lucha de gla­diadores, la economía liberal, sustituyendo a la guerra, ha inducido el estran­gula­miento financiero de unos estados por otros; de unos estados debilitados por la trampa y por la rapiña de sus propios dirigen­tes que lo han propiciado, por estos otros estados más fuertes.

La consecuencia es más debilitamiento de la sociedad, que ya estaba entontecida a causa del hiperdesarrollo de las nuevas tec­nologías en detrimento de la conciencia del yo, la anomia (au­sencia de reglas, por antonomasia morales) y por la tenden­cia del poder, del marketing y de los medios de comunica­ción que, por el precio de "mantenernos in­formados" y a la par desin­formarnos, nos aturden.
En resumen, la sociedad española, por arriba y por abajo, está en­ferma. Es preciso reaccionar y adoptar medidas quirúrgicas. La Unión Europea, que pudo nacer con las mejores intencio­nes, ha terminado funcionando como un aparato neocoloniza­dor. Y sus famosos "rescates", han terminado revelándose co­mo el instrumento diabólico por excelencia al servicio de la do­minación "civilizada" de unos pueblos por otros y de unas nacio­nes por otras. En este aspecto, como en la colonización tra­dicional, lo que menos importa son los motivos y las razo­nes. He leído hace muy poco argumentaciones impecables y por eso mismo tremendas, para explicarnos la conquista de Amé­rica como epopeya y justificar el más alto y verdadero dere­cho que precede a todo lo demás: el basado en la ley del más fuerte y los “beneficios” que de esa ley se derivan...

Lo cierto es que actualmente en Europa y en España, la solidari­dad y el humanismo han quedado relegados por el apa­rato estatal y por los órganos comunitarios. Aplastados por el in­terés banca­rio y el de accionistas e inverso­res, am­bos, solidari­dad y humanismo, quedan recluidos sólo en el espíritu de asambleas que sien­ten y padecen al lado del resto, aneste­siado por el supremo egoísmo y por la suprema estupi­dez. Es in­dudable que, como dice Os­car Wilde, los lo­cos se cu­ran pero los imbéciles no. Y si España está enferma, es por­que los idio­tas incurables se han aliado a los grandes depredado­res que lo son además “legalmente”...